CATARSIS

Cada tic-tac me recuerda que, falta una hora para mi sentencia de muerte. En poco tiempo sabré quién ha estado persiguiéndome desde que nací. No sé si huir o enfrentar, tal vez me rehúse a escuchar, ver, sentir, o lo más importante, entender, ¿para qué?

Son las cinco de la mañana del día lunes 16 de abril, pero, hay una oscuridad que opone todo rayo de luz, un frío que hace estremecer y una neblina que enceguece mis estrechos ojos a esta hora. Mientras me preparo para “otro largo día”, en la lejanía, escucho mi celular, ¿quién podría ser a esta hora? lo tomo y con una voz ronca sin despertar respondo. Al otro lado de la línea, una voz tétrica me dice: “fue difícil encontrarte, llevas un buen tiempo escapando; pero heme aquí, listo para purgar aquella enfermedad que te atormenta. Escucha muy bien esto, te doy 24 horas para decidir. Cúrate o muere, no pases por ingenuo esta vez”. Me ha colgado el teléfono recién terminó aquella sentencia.
Petrificado en mi cama, lágrimas de mis luceros se desprenden, no me hallo, ¿qué está sucediendo? Sin tanto misterio decido continuar la rutina, esa que tanto agobia vidas.
Nueve de la mañana, aún la pesadilla me persigue. Mi cabeza no deja de pensar en aquel momento; millones de suposiciones y rumores se crean en mi mente. Aún no logro descifrar al anónimo. Desde pequeño he huido a algo de lo cual, aún no logro hablar sin sentir vergüenza o miedo hacia las personas desconocidas e incluso cercanas. Algunas veces quisiera poder hacerlo, pero luego recuerdo que le temo al rechazo, a la soledad, a la exclusión. Mi familia siempre ha hablado del tema, pero no como he querido; en algunos casos realizan comentarios que sin darse cuenta afectan mi libertad y a su vez, promueven mi encierro emocional.
Algunas veces me siento solo, no le hallo un propósito a mi vida. Tal vez tenga anhelos materiales, pero entre sentimientos me pierdo, es como un laberinto sin salida.
Son las tres de la mañana, ha sido un día de reflexión interna que, a veces quisiera poder realizarla en mi casa pero, lastimosamente nunca lo entenderían. Permanezco sentado en mi cama, en la misma posición y expresión que el momento en el que recibí aquella amenaza.
Solo me restan dos horas de vida, me pregunto, ¿qué puedo hacer? Pienso en qué pude haber hecho a lo largo de mis años, que por muy pocos que fueron, pude conocer a personas que facilitaron mi vida y, en ciertas ocasiones, me sacaban del cautiverio o de aquella prisión.
Me quedan diez minutos de vida, estoy sentado en mi terraza esperando. Suena el timbre y bajo a abrir. No hay nadie, solo hay una carta en el suelo, la recojo y la ojeo. Mis ojos no soportan lo que ven, mi pulso se acelera y un temblor se apodera de mi cuerpo. En la terraza, de nuevo, observo por última vez el mundo y la realidad que logré tener a mi alrededor y que a pesar de todo, nunca llenó mi ser. Decido que es mejor irme sin una despedida formal, no quiero alarmar o herir a mis cercanos, para finalmente realizar catarsis y trascender a un plano superior, donde las miradas no inspiran odio ni temor, donde ser diferente es la esencia del ser.
Siento un viento enriquecedor que cubre mis poros, desarregla mi cabello y desprende mis prendas. Arrojo aquella notita que con un mensaje me recordó, que no hay peor asesino que uno mismo, que no hay otro temor más que el propio y que el odio hacia mí, lo generé a partir de mi entorno. Doy un paso en el aire y siento que la libertad llena mi cuerpo, por fin, ocho pisos de altura fueron los necesarios para salir de mi jaula, adiós cadenas, adiós seres queridos, bienvenida vida buena.

Gracias, anónimo.

Redactado por:  Juan David Flórez

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2 comentarios en “CATARSIS”

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